EL CIUDADANO
Y LA TOLERANCIA
por Dr. José Antonio López Ortega Müller
Un tema obligado en la actualidad
es la tolerancia, aunque su significado se desconozca.
Encontramos en el Diccionario de Términos de
Orientación Familiar (Loma Editorial) diferentes
definiciones: —“Es comprensión, no
asentimiento”. —“Por profunda que sea no nos capacita
ni nos incita para pensar que es lo que no es, por el hecho de que haya
alguien que así lo piense. Nos impulsa, en cambio, a entender
las razones por las que nuestro interlocutor afirma lo
contrario”.
La tolerancia implica el sufrimiento de una cosa que se
conceptúa como mala, pero que se cree conveniente no sancionar.
Luego, pretender tolerar lo bueno, tolerar la virtud serían
expresiones de algo perverso. Cuando la tolerancia es en el orden de
las ideas, supone el error, un mal del entendimiento. Nadie
podrá decir que tolera la verdad, sin dejar de manifestar con
ello, que acepta estar en el error.
De este modo quedan aclaradas algunas cosas. Por ejemplo, tolerar
las opiniones es también tolerar el mal, porque la
opinión ajena es, a nuestro juicio, errónea. Otra cosa
distinta, sería respetar las opiniones, lo que
significa respetar a las personas que las exponen, respetar su buena
fe, sus intenciones. Es posible respetar plenamente a las personas, sin
que de manera obligada se deba estar de acuerdo con sus opiniones.
La tolerancia es una cualidad que debe ser aprendida por todo
ciudadano. Se llama tolerante a un individuo cuando habitualmente
está en tal disposición de ánimo que soporta, sin
enojarse ni alterarse, opiniones contrarias a la suya.
Un primer error es creer que la fuente de la tolerancia es la
indiferencia. Tolero sólo lo que me es indiferente. Pues, no.
Una fuente de la tolerancia es el amor. Y, si partimos de un enfoque
cristiano, de la caridad, que nos hace amar a todos los seres humanos,
incluso a nuestros mayores enemigos. Por eso, la tolerancia es
compatible con el deseo de ayudar a mejorar a los demás, porque
el quererlos significa quererlos mejores.
Otra fuente de la tolerancia es la humildad, que nos inspira un
profundo conocimiento de nuestra debilidad. Esta virtud nos hace
indulgentes con todo mundo, ya que nos recuerda constantemente,
más tal vez que nadie, que necesitamos también de
indulgencia. Luego, la tolerancia, nacida de estas virtudes, es
más bien algo adquirido con la práctica, una
disposición del ánimo para aprender poco a poco a
padecer, hasta convertirse en nosotros en hábito.
Tolerar es, pues, padecer, sufrir. El Diccionario de Autoridades
así lo afirma: sufrir, llevar con paciencia. Y en segunda
acepción: permitir algo que no se tiene por lícito, sin
aprobarlo expresamente. Es decir, en ningún caso indiferencia.
Desde luego los escépticos y los instalados en la
superficialidad, no tienen por qué ser intolerantes. Mal puede
indignarse contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna y, por
tanto, en ninguna encuentra oposición.
Son intolerantes los que odian, frente a lo que sienten como un
bofetón para su conducta. No toleran la virtud ni la verdad. Por
otra parte, ya vimos que ni la virtud ni la verdad son objeto de
tolerancia, propiamente hablando, porque no son males. Esta
intolerancia es la peor, dice Balmes, porque no va acompañada de
ningún principio moral que pueda enfrentarla. Es odio. Es una
guerra contra sí mismo y contra el linaje humano —la
injusticia perjudica, sobre todo, al que la comete, como afirmó
Aristóteles—. Muchas veces la intolerancia opera con la
complicidad de la mayoría de este linaje, que se ha vuelto
bastante cobarde.
Hay ciudadanos, con principios morales, que también son
intolerantes. Los rígidos, los perfeccionistas y los
individualistas. En estos casos, sólo se trata de que superen
algunas limitaciones personales. Es un problema de educación de
la libertad. Y, por supuesto, de respeto, de consideración, de
amor. Y de saber hasta dónde puede llegar la tolerancia. Pues
cabe suponer que, como todo lo humano, tiene límites.
En todo caso, bueno es dedicar algún tiempo a la
consideración de algo tan relacionado con la ciudadanía.
Porque mal se puede defender aquello cuyo significado se ignora.
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